06 octubre 2011

Era un día soleado. Caluroso. De esos en los que a una se le pega la ropa y se le olvida llevar un abanico en el bolso. Un día tan brillante que se hacía más difícil que nunca mirar directamente al sol. Pero en los que en última instancia acabas disfrutando de un paseo tranquilo, contemplando sin prisas aquello que te rodea. Evadiéndote en tu propia música mientras captas pequeños detalles que pueden significar un mundo. Y es lo que sucede cuando te percatas de una mirada furtiva llena de deseo a alguien que puedes, o no, ser tú, o casi sentir cómo te invade la ternura ante la sonrisa de un bebé a su padre. Y en algún momento te paras a oler las flores, que están completamente entregadas a esta estación de paso, ajenas a todo lo demás. La fragancia te transporta justo a este instante, a este presente del que estás exprimiendo todo su jugo, porque, al fin y al cabo, es lo único que cuenta. Eres completamente consciente de cuánto tiempo pierdes sin reír. Sin saborear cerrando los ojos. Ni un susurro, ni una coma. Y te lo reprochas a ti misma, pero vuelves justo a tiempo a esta hora H de este día D. Una alegría liviana y persistente te acompaña, una paz helicoidal, una calma casi infernal. Y aún así te preguntas si por días como este todo lo demás merece la pena.

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